Con tinta-sangre

[…]

            Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.

Gabriel García Márquez / Cien años de soledad

La ciudad es pródiga en imágenes, en situaciones que nunca estarán en la primera página de ningún diario: “Felices padres, agradecen al hospital ‘sutanito’ por tratarlos tan bien en la llegada de su primer hijo”; “Aurelio y Teresita son por fin, novios oficiales. El padre de ella ha dado anuencia”; “Gran partido ofrecieron ayer en el Arbolito, los amigos de Juanito”. Eso ya lo sabemos. Lo sabemos con la amarga experiencia de caminar a diario entre las calles y ver en los puestos de periódicos, en los cruces de calles, los titulares de los diarios que tenemos para “enterarnos” del diario acontecer del estado, del país y del mundo.

Esta rutina de todos los días hacia “el progreso”, hacia “el futuro”, hacia “un mejor estado” que nunca llega, nos ciega tal vez. Nos aturde y poco importan las “noticias”, porque lo que nos interesa, es la sangre, la violencia, el gesto amargo de los asesinos y los asaltantes; la cara cínica de los violadores y los defraudadores.

Nuestros diarios (no todos, porque siempre existen sus honrosas excepciones), nos venden a diario, la fotografía grotesca de un accidente automovilístico; la cara tumefacta de un asesinado; el rostro vil de un violador o los rostros serenos –diríase, de antemano impunes– de una banda de secuestradores.

Lo peor es que no decimos nada. Peor aún, compramos ese periódico para enterarnos de los detalles del último homicidio de moda; de cuántas balas le metieron en el cuerpo a un hombre del que no se sabe nada; de la cadena de vilezas que tuvo que soportar un secuestrado y de la vergüenza que pasa una mujer violada.

Aún más, somos capaces de comprar el periódico para enterarnos de quién ha sido el último muerto célebre en el Estado; para recorrer con avidez –esquema moderno de antropofagia– la página de sociales para enterarnos quién, además de nosotros o nuestros parientes, salieron en la tan ansiada sección.

Es triste decirlo, pero la sangre vende.

“¿Ya viste a ese? ¡Quedó gacho!, ¿no?”

Es terrible aceptarlo, pero la mejor noticia es la que más desgracia lleva entre sus líneas.

“Ni hablar, no ha de haber quedado nada del tal Mouriño, ¿verdad?”

“¿Qué van a enterrar, sólo cenizas?”

Nuestros periódicos, nuestros noticiarios, las revistas y aún las pláticas cotidianas, se encuentran escritas, habladas, imaginadas, con esa tinta-sangre de que están hechas las portadas, las ocho columnas de la primera página.

Somos consumidores de desgracias ajenas. No importa quién sea, mientras no seamos nosotros. De otra manera reclamamos.

“No. La verdad, qué poca… mejor que dejen en paz la memoria de mi tía…”

“¿Qué no tienen otra cosa en qué ocuparse los reporteros que en cubrir las notas policíacas…?”

“¡Pinches noticias! Sólo nota roja. Que nos dejen en paz. No hay nada qué decir…”

Es desesperanzador llegar a la conclusión de que en la vida diaria de miles de personas en la ciudad, la primea noticia que ven en el puesto de periódicos, es la muerte de alguien; la captura de algún delincuente o la denuncia de un crimen (entre más cruento mejor, pareciera ser la consigna de editores y directores).

Tenemos entre las manos y el corazón, la deuda infinita de darle a nuestros hijos, a nuestros nietos, un mundo mejor, más iluminado, menos oscuro que el que hemos llegado a construir en todos estos años, pero por momentos (muchos y muy seguidos, desafortunadamente), se nos escapa la visión, la encomienda y nos quedamos así, bajitos de estatura moral, entre toda esta tinta-sangre que derramamos y consumimos, porque, como el dinero la violencia, la sangre engendra más sangre.

Lejos, muy lejos, han quedado aquellas noticias en el periódico, que consistían en informarnos quiénes llegaban de visita a nuestra ciudad; las noticias que informaban de los triunfos académicos o deportivos de la juventud y de los bailes en los barrios.

Tal pareciera que la modernidad también exige eso y que si queremos dejar atrás la miseria y la ignorancia de nuestro pueblo, tenemos que pagar el precio de la violencia, de la sangre por todos lados y del vil chismorreo de todos los días.

Y cómo hacer para que todo cambie. Cómo hacerlo, si escribimos todos los días, consumimos todos los días, esa tinta-sangre que revierte lo bueno y maravilloso que somos.

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