Como los otros hombres

              Al cabo, el muchacho dijo:

              -Maldito seas, mago, porque eres un desalmado, y ya olvidaste los días en los que fuiste como los otros hombres -y, sin más, se marchó.

              Negora no lo detuvo. Pasó el resto de la tarde, y en verdad la noche entera, sentado ante un grueso libro de hechicería, tan concentrado como le era posible en la lectura.

            Alberto Chimal / Fortuna

Como en muchas partes del globo terráqueo, en Pachuca solemos pasar por alto las grandes virtudes de nuestra ciudad y fijarnos más punzantemente en sus rezagos y en sus defectos.

Y claro, para todos (o casi todos), el insuficientemente cotidiano suministro de agua; los horarios impuntuales de los camiones de recolección de basura; las banquetas que apenas nos dejan caminar; los alocados conductores de combis y camiones; la falta de empleo y lo sucias que pueden estar nuestras calles.

Pero cuando nos atrevemos a ver más allá de las miserias cotidianas, surgen resplandores que en otras partes del mundo se verían como verdaderas maravillas.

“¿Ya viste a ese señor con su traje de levita…?”

“¡Mira, mira! Un globo..!”

“De verdad te lo digo: el reloj suena igualito que el de Londres…”

“¿Ya viste qué bonito teje ese señora…?

Claro que no contamos con maravillas arquitectónicas de la calidad de París, de Milán o de Roma. Vamos, ni siquiera un émulo del Paseo de la Reforma.

Pero en cambio, contamos con la Avenida Revolución, con el Reloj Monumental, con la larga tradición minera y con el multilingüismo que pasa tan desapercibido siempre.

Lo que algunos parisinos se vanaglorian de tener, lo tenemos todos los días en nuestra ciudad: múltiples formas de hablar, de comunicarse de manejar dos o más idiomas en toda forma.

Y sólo es cuestión de tener atención sobre lo que nos pasa día a día. Sólo es cuestión de no minimizar las lenguas originales de nuestro territorio. Porque “Tiuelis titlajtlajtos náhuatl” o decir a todo pulmón y con mucho orgullo “Me’manda bu ts’ohn’i gui ntuhni”.

Suponga su ruta cotidiana. Usted toma una combi hacia su casa (o hacia su trabajo o camino a ver a su novia) y de pronto, entre los pasajeros, nota que alguien habla con un acento que no logra identificar del todo:

“¿Tlinon tikchiua?”

Y ahí está la primera frase que nos dice que algo no es como lo teníamos previsto. Hay algo, un sonido que, a pesar de ser extraño, suena lejanamente familiar.

Entonces lo ve (lo escucha), plenamente; dos personas, al comienzo, hablan en un idioma que sabemos íntimamente, originario de nuestro país. Tal vez hñahñu, tal vez náhuatl. No lo sabe.

Escucha casi hipnotizado, es hablar cantarín que se ayuda de algunos conceptos en español y que de pronto, no sabemos o no queremos darnos cuenta, es tan común en nuestra ciudad tan “castiza”.

En esta ciudad, en esa combi por la que transita las calles, también escucha a una niña, una adolescente, hablar con un acento extraño, un idioma nasal que tal vez sea francés:

“¡Ay hermanito, no seas menso! Esto es francés: yem apel Corina…”

“¡Sí sabes!”

“Claro, mon frere. Ye parler francés…”

Y se puede quedar pensando que no es nada, que es una ciudad de locos, de tránsfugas de la realidad, pero no se equivoque: nuestra ciudad es un mosaico al que le falta mucho por mostrar al mundo, pero primero, a sus habitantes.

Somos como los demás hombres y mujeres del planeta. Sólo nos falta apreciar lo que tenemos, para apropiarnos después de todo lo que el mundo nos ofrece. Nunca será al revés.

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