El sonido de la calle

Clock Tower MonumentImage via Wikipedia

              Hay en México diversidad de gritos callejeros […] proferidos por centenares de voces discordantes, […]: ‘¡Carbón señor!’ El cual, según la manera como le pronuncia, suena como ‘¡Carbosiú!’. Más tarde empieza su pregón el mantequillero: ‘¡Mantequía! ¡Mantequía de a real y di a medio!’ ‘¡Cecina buena, cecina buena!’; interrumpe el carnicero con voz ronca. ‘¿Hay sebo-o-o-o-o?’ Esta es la prolongada y melancólica nota de la mujer que compra las sobras de la cocina, y que se para delante de la puerta.

          Madame Calderón de la Barca / La vida en México durante una residencia de dos años en ese país.

Que no somos aquel país que madame Calderón de la Barca conoció y al que admiró y detestó por momentos, es más que evidente. Atrás quedaron los gritos que describe tan minuciosamente en sus impresiones sobre México, las vestimentas y las costumbres. Muchas cosas de nuestra tierra han cambiado: ya no somos el pueblo de andrajosos que pinto la madame (traemos otros despojos, tal vez más ruines que en el siglo XIX), ya no somos un pueblo sumido en el despotismo de nuestros gobernantes (que los gobernantes siguen siendo malos y a veces, peor que malos, ni quien lo dude); dejamos también de ser, ese pueblo sumiso a las órdenes de los grandes hacendados (ahora somos sumisos a los grandes potentados del capital, por mucho que centenas de profetas anuncien el fin de la Historia).

Hemos cambiado en otras cosas, pero los pregones, esos, sólo los mudamos de ropajes. Los ruidos que importunaban a la esposa del embajador Calderón de la Barca, sólo han cambiado de tono y tal vez, sólo tal vez, de origen.

Conservamos, cierto, mucho de aquello que a la gringuita fascinaba.

“¡Cocoles del Reaaaal! ¡Lleve sus cocoles!”

“¡Nata de rancho! ¡Natita para sus panes!”

“¡Nueces frescas! ¡Cómpreme unas nueces!”

Otras más, cambian según la época y las circunstancias.

Ya no hay tamemes para cruzar la calle enlodada o para llegar de la casa a la iglesia. Ahora los tamemes los cambiamos por taxis y combis (el precio inefable de la “modernidad” tan cacareada por muchos).

“¡Aquí llegan los taxis! ¡Fórmese para su taxi!”

“¡A Cubitos, La Raza, Parque Hidalgo! ¡Se vaaaa! ¡Se vaaa para La Raza!”

Desde Leandro Valle y hasta Julián Villagrán (que más destino merece el héroe independentista, el llamado Emperador de la Huasteca, que el solo nombre de una calle), los pregones de todo tipo, han dejado de sorprendernos (tal vez desde hace muchos, muchísimos años), pero se escuchan siempre.

“Si busca un buen celular, pásele, pásele aquí a su centro de atención El Gran Celul-car”; dice, apoyado por un complejo sistema de audio y altavoces, un jovenzuelo que más parece un preparatoriano que un experto en celulares.

Pregones tecnologizados, hay quien prefiere la música sola que el efectivo llamado de una voz cercana y viva.

“¡Ay! ¡Que le bajen a su escándalo!”

“Pues es para llamar la atención, ma…”

Un ruido potente, de los camiones que todavía llegan al corazón del centro pachuqueño, me impide escuchar la respuesta de la señora a su hijo, pero parecen no ponerse de acuerdo en qué es ruido y qué llamar la atención.

“¡Pásele, marchante, por su arbolito de navidad! ¡Pásele!”

“¡Flores para la novia! ¡Flores para la mamacita! ¡Flores para cada ocasión! ¡Llévese sus flores, patrón!”

La calle de Morelos, acercándose a la plaza Constitución, se convierte en un concierto a mil voces y mil acompañamientos, que por lo cotidiano, dejamos de apreciar en su real dimensión, en su asombrosa riqueza visual y auditiva.

Y también los olores, los sabores al alcance de cualquiera se dan cita en las calles del centro pachuqueño: los churros, el pan, los tacos, los pastes, las yerbas, el barro, el plástico, el chocolate; el mosaico de lo que hemos sido y de lo que somos, se conjunta de manera exacerbada en las calles alrededor del Reloj Monumental.

“¿Ya escuchaste viejo? Creo que ya nos vamos, ¿no?”

“¡Pérate vieja! Que todavía no encuentro las luces que le prometí a m’hijo…!”

“Pues ya luego…”

“¡Qué no, vieja. No la amueles…”

En las calles de Pachuca, todavía resuenan las palabras de la madame Calderón de la Barca y la de muchos de nuestros escritores e historiadores. No hemos dejado nunca nuestra esencia (¿cómo podríamos?) y nuestro origen (origen múltiple, diverso como las voces).

La “contaminación auditiva”, como llaman ahora a esta amalgama asombrosa de sonidos, tiene una vida tan saludable que parece lejano el día en que se acabe. Pero mientras tanto, está ahí el caos que todo lo genera, el caos que nos da la vida que tenemos y las bondades que sugiere y desborda en todo tiempo y espacio.

Bendito sonido de la calle, que nos dice todos los días que somos nosotros, pachuqueños, mexicanos, herederos de una cultura inmensa que no tiene por qué morir.

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Un comentario en “El sonido de la calle

  1. qué ondas maestro… gracias por su comentario en el post.Acá trabajaremos duro con los ensayos.
    si puede escríbame un mail para estar en contácto.
    abrazo
    dft.

    pd. felicidades por la boda con la poeta.

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