Nueva decoración

              Debajo de los adoquines, está la playa.

          Anónimo / Pinta en París. 1968.

Como todo lo que va deteriorando a la ciudad, aparecieron poco a poco: en las secundarias, en las preparatorias; en algunas bardas de Cubitos, en los barrios altos, en los barrios bravos, en algunos coches olvidados… Se creyó que era un fenómeno de los barrios pobres y se dejó pasar. Pero de pronto, todo Pachuca está lleno de ellos.

“Critter PUNK Ley”

“Akriti”

“Ciber Vand”

Cientos, tal vez miles de rayones se ven por las calles, los postes, las bardas de la Bella Airosa.

“Mire, ¡mire cómo me dejaron mi zaguán!”

Don Antonio se desespera. Patea la puerta, grita, recuerda progenitoras ajenas y les desea la furia de los cielos así como a sus retoños. Mira para todos lados, camina, regresa, vuelve a patear su puerta y por fin, con un largo respiro, decide,

“Bueno, con pintar y vigilar… porque a la policía nunca se le puede pedir nada… nunca ven nada, a nadie ni a nada…”

Antonio se despide con un gesto hosco y se mete a su casa.

Yo miro alrededor. No hay una casa que no tenga una de esas pintas que mal llaman Graffiti. Rayones puros de colores negros y ocres, la mayoría. Aunque hay algunos azules, amarillos y hasta vedes.

Todos en la calle han sufrido los embates de los vándalos.

“Si por lo menos fueran graffitis de verdad, bueno, hasta se podría pensar en mantenerlos, ¡pero estos rayones!…”

Trato de recolectar las palabras en una sola cuadra:

“Conty super”, “Crigala”, “Dos,” “Solos”… de pronto, una señora me mira y pregunta.

“¿Es del municipio?”

Cuando lo niego, se da la vuelta y pretende irse. La detengo y pregunto ahora yo. Ella duda en responder, pero lo hace al final, casi escondiendo la grabadora con su cuerpo.

“Para mí que son los de la secundaria, ¿ve?”, con la mano, hace un gesto que se dirige hacia una calle aledaña.

“Si se da una vuelta por allá, verá que hay muchas más pintas, muchas…”

Y sigo pues, el consejo de la señora. Conforme me acerco a la secundaria, la densidad de pintura de spray, se acrecienta. De pronto, en una pared, ya no se lee nada, sólo hay rayón sobre rayón.

Una mujer se aburre dentro de una papelería de la que se adivina el nombre por el contenido de los estantes.

“Al principio eran pocos, los limpiábamos cada mes o pintábamos la pared. Pero es inútil. Como que se enoja, ¿ve? Después regresan y pintan más y más y sobre todo, más alto. ¡Quién sabe cómo le harán!”

Y sí, se nota. En lo alto de paredes, en los nombres de los comercios, la pintura vándala ha hecho estragos y no se ve ya si la papelería es Rosibel o Rosita.

Y tal vez se piense que es un fenómeno de las colonias que tienen escuelas gubernamentales cerca, pero no. Tal vez en estas zonas el fenómeno es más pronunciado, pero basta pasar con detenimiento sobre la Avenida Revolución, sobre el Río de las Avenidas, Madero, Juárez y se advertirá que no queda cuadra limpia, por lo menos una puerta, una ventana, un anuncio, ha sufrido esta pobre expresión de vandalismo (que no pobre en cantidad sino en calidad).

Pero la ciudad, sus autoridades, su gente, está preocupada más por otras cosas: el cambio de gobierno municipal; las obras inconclusas; el retiro de los radares; el problema del agua; el problema de los baches (interminables, inacabables, incurables); los alcaldes corruptos y ladrones; las elecciones federales (¿quién conseguirá el ansiado hueso?, es, al parecer, una de las preocupaciones más apremiantes de todos); y por supuesto, unos rayones que se comienzan a convertir en plaga y a afear de manera importante la ciudad, no es, ni con mucho, algo que les vaya a quitar el sueño a la clase política y sus allegados.

No nos vamos a asustar, pues, con esta nueva decoración que no dice nada en sí y habla mucho del deterioro social que, en plena crisis, se desarrolla ante nuestros ojos con pasmosa velocidad y sin que nadie haga nada para detenerlo.

Violencia visual, dirían los puristas, pero, claro, ¿quién será purista cuando los frijoles corren el peligro de desaparecer de la mesa?

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