Algo pasa

              Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

              Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

              la resaca de todo lo sufrido

              se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Lo sabíamos. Para qué decir que no. Por lo menos, lo esperábamos de un momento a otro… Claro, los más informados, los que escuchan a diario las noticias en la radio, en la televisión; los que leen con atención los periódicos (de los que no buscan en la sección de sociales para ver si han salido fotografiados en la última fiesta de la “sociedad”), esos sí, supieron que enero (con esta cuesta como maldición que siempre nos alcanza, como juramento que siempre se cumple) nos aguardaba una sorpresa fulminante: ya no pagaremos 4.50 por un viaje sencillo en las combis de la ciudad. Ahora, con todo y el irrisorio aumento a los “mínimos”, pagaremos 5.50 por cada persona que tenga que irse al trabajo –a la escuela, al mercado– en alguno de los “estupendos” servicios de transporte público municipal e intermunicipal.

Porque, eso cualquiera lo puede ver, el transporte público de la ciudad es muy deficiente: desde la calidad de las unidades hasta la “pericia” de los operadores. Todo sin contar las múltiples veces que, por falta de continuidad o de unidades en servicio, tenemos que irnos de pie (esto, claro, es un decir, porque, ¿quién puede ir de pie en una combi que muchas veces no alcanza el metro con cincuenta centímetros? Habría que decir: irnos sin ocupar asiento”); sin fijarnos en el volumen (muchas de las veces grosero, por decir lo menos) del estéreo de la combi; aguantando los malos humores y los malos tratos (como si las rutas de transporte nos hicieran el favor de llevarnos a nuestro destino); soportando el “Jesús en la boca” de las altas velocidades y el “pasito tun-tun” cuando van sobrados de tiempo.

A todo eso no hay quien le pueda poner precio y aún menos, un alto definitivo. Los que utilizamos el transporte público de Pachuca, tendríamos qué hacer una “huelga”, pero, ¿quién dejará de ir a donde tiene qué ir? ¿Quién podrá caminar los kilómetros necesarios para ir a la escuela, al trabajo, a pasear simplemente? Nadie. Por eso, tendremos que soportar nuevamente un aumento de casi 25% en nuestro amado-odiado transporte público.

“La verdad, señor, es que hemos aguantado mucho. De verdad. Dos años con la misma tarifa y la gasolina ha subido, las refacciones, las llantas, el servicio mecánico… ¡todo subió menos la tarifa!”

“Sí… ya me reclamaron unas señoras, también un señor ya grande… pero qué se le va a hacer… todos tenemos qué comer, ¿no?”

“Pues el que no quiera, pues que no se suba al transporte, ¿no? Total…”

Como todo en este país nuestro, las respuestas van de la verdad matizada al cinismo absoluto. En este país aquello de la “conciencia de clase” nunca prosperó. Vaya usted a saber por qué. Todos nos suponemos ajenos al otro.

“Si nosotros no vemos por nuestros intereses, señor, nadie lo va a hacer… ¡Pues que cada quien vea por su santo!, ¿no? ¿Por qué tendría que luchar por las amas de casa?… yo trabajo para mi vieja y mis hijos y ya… ¡Mi familia, pues!”

Y en esas se nos va la vida. En el desprecio por el otro o en la indiferencia. A cual más peor.

“¿Qué voy a hacer yo? ¡A ver! ¡Dígame! ¡Más de 50 pesos diarios en ir y venir! ¡Y con lo que ganamos mi viejo y yo! ¡Qué voy a hacer!”

“Que no le hagan al cuento… ya desde el mes pasado, los taxis no querían cobrar menos de 20 pesos de aquí del centro a la Morelos… ¡No se vale!”

“Y de nada sirve que uno los reporte. Yo no he sabido que le hagan nada a los abusadores… se han de “arreglar” por debajo, ¿no? Así se resuelve todo en este país…”

Al final de la jornada, todo es culpa “del otro” o “del gobierno”.

Algo pasa cuando así pasa, creo yo. Nos vamos quedando sin mucho más que estas rabias, estos desacatos a todo lo que nunca es y la sumisión a lo que sucede cotidianamente.

Algo pasa. De eso, no hay duda.

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