La corte de las desgracias

            Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.

Gabriel García Márquez / Cien años de soledad

Pachuca transita por todos los climas en un día y sobrevuela los humores de todos los hombres en unas horas. Es también la ciudad, nuestra ciudad, el espejo de todo el mundo. Aquí se dan cita los lujos más despampanantes y las miserias más terribles. El llanto desesperanzador de un niño con hambre se confunde con el berrinche del niño que quiere su consola de videojuegos de última generación. En las calles de Pachuca, se transita en una camioneta de lujo y también en un par de zapatos viejos y desgastados o en “democrática” combi.

Algunos, por diversión, se “dan baños de pueblo” y pasean divertidos y alborozados en rutas que los sacan de su cotidiano ir y venir por los rumbos “bonitos” de la ciudad y de esos “antros” (qué palabra tan más vilipendiada por la ignorancia; como muchas otras) donde un adolescente se puede gastar el equivalente a quince días de trabajo arduo de muchos de los pobladores de la Novia del Viento.

“¡Mira güey!”

“¡¿Qué güey?!”

“La ‘esa’ madre…”

“Ah…”

Los “baños de pueblo” evidencia que los extremos se tocan: la ignorancia ha dejado de ser patrimonio exclusivo de la pobreza y se ha estancado en todas las capas sociales (por más que digan algunos que estas palabras estén fuera de moda o sean políticamente incorrectas) y es la ignorancia la que, en todos los casos, hermana a pobre y ricos.

Sin embargo, hay lugares a los que no alcanza las excursiones de aquellos privilegiados que comen lo que quieren todos los días y duermen calientes cada noche. Hay lugares en los que no alcanza la memoria de nadie para voltear de vez en cuando para ver si suceden algo más que desasosiegos y desencantos. Hay en la ciudad, lugares llenos de olvido y viento atroz.

Pero, a pesar de ser estos lugares, tan sin memoria, no es difícil llegar a ellos. Basta con seguir “el camino amarillo” de la desgracia y obtener de “no se sabe dónde”, los arrestos y el estómago requeridos para ver las caravanas de la desgracia, la corte de las miserias.

“¡Pobrecita señora! ¡Mira! Y aún con todo, camina…”

“¿Qué le habrá pasado en el ojo a ese señor?”

“¡Mi vida! Tan chiquito y mira qué gritos da…”

“¡Mis vidas! ¡Qué bonito cantan!”

“Mi vida… ¿Tienes unas moneditas para los niñitos que están ahí?”

“Mmmmmm”

“¡Ay! ¿Qué te cuesta?”

Y la corte de las desgracias y las miserias apechuga la mirada con “asquito”, la mirada sublevada de quien pretende salvarlos con “moneditas” y ¡zas!, extiende la mano, mira como de reojo para todos lados a un tiempo y cierra la mano para aceptar la limosna de los que van con más de 10 kilos de víveres para dos individuos dichosos y enamorados.

Ya vendrá después el frío de la tarde, el leve “chips-chipi” de una lluvia que no se digna en caer y el viento que congela los huesos.

Ya vendrán las horas de espanto para llegar bajo el techo, a esa que se le llama casa y se prepararán aquellos que se llama alimento y vendrán la caminata larga hacia la noche, hacia esos lugares donde no llegan los reflectores de programas de beneficencia, a donde no llegan los miles de puestos de trabajo del sexenio ni los cheques azules con olor a azufre de los programas federales.

Allá, en esos lugares donde no volteamos porque no queremos, se arremolinan las lágrimas y las esperanzas tienen el aroma de las novelas de dupolio televisivo. Allá, donde la corte de las miserias se convierte en la reunión de los desamparados, el estómago débil no tiene cabida.

Aquí un cuerpo sin una pierna.

Allá los ojos nublados y las manos tullidas.

Ahí el bebé que llora sorbiendo los mocos convertidos en alimento nocturno.

¡Pinches noticias! Sólo nota roja. Sólo esperanza en discursos que nada resuelven. Sólo declaraciones: que si don fulano dice, que si don sutano dijo. Que si fulana quiere tener un mejor puesto para gracia y beneficio del estado.

Y allá, un cuerpo con forma de mujer que se arrastra y llora y gime y ríe. Todo a un tiempo.

En la corte de las desgracias hay tiempo para todo, que, al fin y al cabo, en esta vida todo es pasajero y allá, en algún lugar, nos espera el reino de los cielos. Entonces, ¿para qué tanto alboroto?

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