Nunca pensé…

Madrugada. El cansancio es tanto que me ha obligado a la vigilia constante. Dejo la cama, con ella en un sueño apacible y reparador. En la sala me espera la cajetilla, el café en la cocina y la computadora en el comedor.

Afuera, las luces de una patrulla que pasa despacio, despacio, como desde hace mucho lo hacen los policías en la colonia Doctores, de la ciudad de Pachuca, Hidalgo.
Me asomo con el cigarro en la boca. Me cuelgo en la ventana a ver el paso de la patrulla como arbolito de navidad. Al pasar cerca de la casa, avientan un chorro de luz que me lamparea y me obliga a mentarles a su reverenda progenitora.
Algo dicen ellos también de mi madre y mis preferencias sexuales, porque se ríen y siguen su camino, acelerando la patrulla, tal vez pensando en que soy uno de esos tipos duros de cine, que sacaré una 45 automática especial, con casquillos de esos llamados “mata policías” y que haré unos certeros disparos para mandarlos directo a chingar a su madre.
En fin que se van, porque no sé qué y me quedo con una especie de risa -rabia que me da para fumar como chacuaco hasta que una camioneta (negra, vidrios polarizados, valentín elizalde con suficientes decibeles como para clasificarlo como crimen de lesa humanidad) se estaciona a una cuadra y de ella bajan dos tipos con cara de pocos amigos.
“Buenas noches”, percibo que dice el más viejo (tan viejo como yo) y el otro sólo atina a verme y medirme de manera no muy ortodoxa desde la lejanía y el desgano. “Pinches putos”, pienso yo, sólo por no dejar el espíritu barriobajero de la colonia donde vivo, pero la neta que sí, que se me arruga la verruga y el ánimo.
Les sigo los pasos. Se alejan de la ventana y el arrugado se alisa con la expectativa de la distancia y veo que los dos se pierden entre la cerrada de la calle Espinoza Arteaga y aparecen minutos después, con mentadas, gritos, golpes y amenazas de por medio a quién sabe quién, con un chaval de unos 20 años, más beodo que Pepe Botella (los franchutes furularán siempre en estos llanos, cercanos a los de Apan, tan queridos por Maxi).
“Sí, wey, sí”, dice el chaval mientras lo llevan casi en vilo los otros dos carimalosos de la camiona negra.
“Es que la neta, se pusieron acá…” y me quedo pensando en las implicaciones del “acá”. También pienso en la capacidad de raciocinio del trío ese que se acerca a la camioneta.
“Nunca pensé que el alcohol me pusiera así, wey…”
“No te preocupes, wey… ya wey”… contestan casi como plegaria los dos aparentemente sobrios.
“Ya súbelo atrás, wey”…
Y cuando todo parece que será un capítulo sin importancia de borracho rescatado por los cuates, el más joven de los “sobrios”, empuja al borracho, dos patadas antes de caer le espeta “¡pendejo!” y entre los ayes del otro, se sube rápido y se escuchan hasta la ventana, unos ayes y unos yas que se apagan cuando el más viejo (tan viejo como yo), se detiene un momento antes de subir y me dice, esta vez amenazante, “buenas noches”.
“Buenas noches”, contesto yo, esta vez sin el “pinches putos” del inicio, mientras la camioneta, en reversa, se mete rápido, rápido, por un callejón que me impide ver su placa. Sólo veo una etiqueta roja, grande, con la foto de un señor sonriente y hasta abajo, unas palabras que parecen chiste macabro: “Para que Hidalgo Gane más”.

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