La siniestra cara del desencanto

 

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A finales de los años ochenta y principio de los noventa, las familias se preocupaban porque los hijos se iban de borrachos; por su probable dentención (y consiguiente “mordida”) por policías o “tránsitos” si los jóvenes eran afortunados y tenían automóvil; tal vez, si vivían en zonas marginadas, por el asalto o la “madrina” de alguna pandilla.

En esos años, todos sabíamos que “el gobierno”, esa masa informe de hombres y mujeres al supuesto mando de este país, robaban, traficaban influencias y se daban la gran vida a costa de esa cosa, también informe, llamada Erario Público, de la que nadie sabía nada: ni origen, ni monto aproximado y un largo y copioso etcétera.

Muchos, pensaban que sus hijos, al estudiar una “carrera”, al ser “licenciado” o “ingeniero”, podría aspirar a un nivel de vida, mucho mejor del que se contaba en ese momento. La UNAM y el “Poli”, eran vistos todavía como la “única” opción para “triunfar”.

Ciertamente, “nos enojábamos” con el Gobierno (la administración de cualquiera que estuviera en la silla, hasta entonces, sólo de “el partido”, como gustaban llamarle sus adeptos al PRI) y jurábamos que un día no muy lejano, la pagarían. Sin embargo, jugábamos a las escondidillas con el diablo, porque participábamos activamente en las pequeñas gandes corruptelas del diario: al policía, al burócrata de Telmex, con el de LyFC, CFE, Pemex y el sin fin de paraestatales que existían, sin descontar por eso a los de la iniciativa privada que ésta, también, participaba en los “moches” y en los “arreglos con el lincenciado” en turno.

Soñábamos y sólo algunos lo tenían, con carros de marcas exóticas, tenis de compañías estadounidenses, ropa de Francia y música traída de las más exclusivas discotecas de Nueva York; aparatos electrónicos nos maravillaban en el cine gringo, mientras el mexicano se llenaba de ficheras, teporochos y matones que parecían salidos del spagueti-western más corriente.

Vivimos, año tras año, sexenio tras sexenio, espantosas, terribles devaluaciones (hoy llamadas ajustes económicos) y devastadores cataclismos económicos.

Y callamos.

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Y parecía que todos vivíamos felices. Sentíamos que aquello no podía ser peor, que habíamos tocado fondo como país, como sociedad, como individuos y que ahora, era momento de subir y tocar el cielo del “primer mundo”.

Estábamos tan equivocados.

Casi sin darnos cuenta, el ambiente se fue degradando en todos los niveles y acepciones; se oscureció todo, con algunos destellos que hasta ahora duran, afortunadamente; nos hicimos más gordos y menos aguerridos; más conformes y menos rebeldes. Nos preocuparnos menos por el alcoholismo de nuestros hijos que por descubrirlos destazados o carbonizados en lugares inimaginables.

Y seguimos callados.

Hoy pensamos que estamos “en el hoyo”, que no se puede caer más bajo, que esto no puede ser peor, que hemos tocado fondo como país, como sociedad, como individuos y que ahora, es momento de subir y tocar el cielo del “primer mundo”.

No nos damos cuenta que somos, a través de espejos enfrentados, la siniestra cara del desencanto.

Pachuca, Hidalgo. Agosto 2016

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