oda a los que nos quedamos

a todos los que alcanzaré en algún momento

No se llora por los que se van, se llora de soledad propia; por las oportunidades desperdiciadas; por la distancia (esa puta malparida); por las palabras que nunca se debieron pronunciar y por aquellas que no zarparon nunca de nuestros labios.

Se llora la ausencia de uno mismo; porque ese “otro” somos nosotros (tarde o temprano). Lloramos pues, les decía, de pura soledad; por el miedo de ya no vernos reflejados en esos otros ojos (unos ojos menos que ya no son espejo); porque no nos escucharemos más en esas palabras que dejaron de ser nuestras antes de nacer.

Lloramos, ¡carajo!, lloramos por nosotros; por cobardes; por puro temor a quedarnos en el lugar que anuncia la ruina de nuestros cuerpos, la ruina de nuestros sueños.

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