“Estas ruinas que ves”

Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir:
Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí.

Estas ruinas que vez
Jorge Ibargüengoitia

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Llegamos a esta segunda década del siglo XXI, comoFrancisco Aldebarán: asombrados de los cambios de apariencia; grandes carreteras, aparatos nuevos, gente nueva salpicada de los mismos personajes de antaño que poco a poco se van, se mudan a otro lado o a otra vida. Todo cambia para seguir siendo igual. Tenemos masacres estúpidas alrededor de todo el planeta, la más reciente, Alepo, es una muestra más: después de la barbarie nazi, todo es posible. Creyeron que era el culmen de la maldad, de la estupidez hecha poder, pero estaban equivocados, era apenas el comienzo de la barbarie como política de estado.

En México nos sobran los ejemplos, muchos más no por ello menos desgarradores. Tlatlaya, Ayotzinapa, ABC, Acteal; pero son sólo las que la mayor parte de la población que vive, recuerda. Podríamos agregar a San Miguel Canoa; Villas de Salvárcar, Tanhuato, Jueves de Corpus, Tlatelolco y un largo, dolorosísimo etcétera, lleno de impunidad, llanto y desesperación.

En este país con una memoria tan corta, una nariz tan chata y una visión miope, no es el país que describía Paz, aún menos el que aventuró Samuel Ramos. Esta tierra que se harta de los 43 de Ayotzinapa y recuerda sonriente los XV de Rubí y a #LadyWu es una colección de pequeños pueblos y pueblerinos (de los que dan vueltas al kiosko y los que dan vuelta al centro comercial) que se suponen viajados, culturizados, léidos y escríbidos, pero que viven sus racismos soterrados y sus indignaciones a voz en cuello. Un país que desgarra vestiduras por la corrupción, pero que busca como saltar en la fila de la tenencia. Somos un dechado de contradicciones. Nos molestamos por el presidente que nos damos, pero invebitablemente nos los dimos. Nos quejamos de políticos de toda laya, pero les aplaudimos a la menor oportunidad y nos tomamos la foto con ellos (o ellas). Somos padres indignados por la mala educación de nuestros hijos, pero seguimos pegados al televisor. Corremos, vamos al gimnasio, tomamos mucha agua y más tarde, nos atiborramos de glutamato monosódico y amarillo 5.

En este país que pretendemos salvar, queremos -pretendemos- ser ambientalistas, personas preocupadas por la naturaleza y la contaminación de mares y tierras, pero al mismo tiempo, queremos jugar golf con lo más granado de la sociedad del pueblo. Nos horrorizamos por la basura en las calles, pero nunca vemos donde quedan los desperdicios del estadio, del antro.

Pero reímos, sí, mucho tiempo y por cualquier cosa. Explotamos de rabia, de berrinche, con igual facilidad. De aquellos prototipos explorados por Ramos y Paz, queda muy poco.

 

Somos personajes de una tragedia o de una comedia bufa, lo que usted prefiera.

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