A pincel — Patricia

Digamos que se llama Patricia. Lo demás es real. Tiene 36 años, es madre de un adolescente de 15 años. Ha perdido a su compañero de vida hace seis meses. Ella nació y creció en la sierra Hidalguense. Al casarse, llegó con su marido a la capital del estado. él se ganaba la vida como oficial de albañilería; pero a golpes de pulque, cerveza y aguardiente, su hígado se deshizo y su vida se fue más pronto que tarde.

Patricia quedó sola, sin casa; “mis cuñados me echaron de la casa que él había construido” y sin escrituras o documentos, no le quedó a ella y a su hijo, más que rentar un cuartucho miserable allá por cruz de ciegos. Para entonces, ya había conseguido ubicarse en un puesto de lustre de zapatos a un costado del Palacio de Gobierno.

Pero los problemas ya estaban ahí. Y se sumó el duelo mal llevado de su hijo, que la culpa de la muerte de su padre. “Y ni modo señor, ¿no? Lo llevé a la casa esa para niños, ¿no? Es que no podía pararlo y no tengo quién me ayude, ¿no?, no tengo quién me apoye…”

Y así, anda la señora Paty: entre zapatos, lo poco que llega a pergeñar durante el día y comenzar, como su difunto Felipe: “y ahora, soy yo la que llega borracha al cuarto, la que no sabe qué pasa, pero, ¿para qué ya estar aquí? Le chingo, porque así me enseñaron, pero ya ni quien me abrace, ni quien me diga mamá”.

De esta manera, con la ansiedad de la plática, con la voz quebrada, pago los 15 que me cobra y le doy 10 de propina.

¡Gracias jefe! Que le vaya bien y aquí lo espero… y yo no sé si volveré, no sé si tenga las agallas.

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