Sin autoridad, sin justicia

El asesinato de Javier Valdez Cárdenas, corresponsal de La Jornada (lo han dicho cientos), se suma a la lista, larga, dolorosa, de periodistas asesinados. El dolor y la rabia se confunden hoy por él, ayer por la chica asesinada en el campus de la UNAM; y a su vez, se conjugan con la rabia, la tristeza, el encabronamiento (JulioAstillero dixit) que sentimos una gran parte de la población mexicana.

Unos más, unos menos, otros cuantos (poquísimos) prácticamente nada; los mexicanos comenzamos a sentir la indefensión, el desamparo en que nos deja la violencia, la ineficacia de las autoridades (para las que, siempre, casi siempre, el muerto es el culpable de su propia muerte o desaparición), la ineficiencia del gabinete de epn (cada vez más disminuidos, más desacreditados).

Ese gabinete que busca negar y desacreditar el informe del IISS que ubica a nuestro país, como el segundo país más violento del mundo, está totalmente rebasado o está totalmente involucrado y en contubernio con lo que se ha dado en llamar “crimen organizado”. No se puede explicar de otra forma la total ineficacia y desapego al sufrimiento que provoca un fenómeno que ha convertido a nuestra nación, en una gigantesca fosa común, llena de injusticias, con tufo de la impunidad para los asesinos.

Asesinos que se pasean por todos lados, ríen, presumen, retan y sobre todo, matan a contentillo de ¿quién? Mayo, según las propias estadísticas del gobierno, fue el mes más violento en por lo menos, una década, pero todos callan, todos voltean la mirada hacia la sucesión de 2018… ¿Sucesión de qué? ¿De una presidencia disminuida, de una presidencia en entredicho?

Peña Nieto, ciertamente, no es el único culpable, es sólo la más reciente gota en una serie de gobernantes que, a fuer de no acabar con la pobreza, a costa de desmantelar los escasos beneficios que gozaba la población mexicana, han contribuido a que el narcotráfico se adueñe de la policía, de segmentos del ejército (el botón de muestra más desolador y doliente son los Zetas, antiguos soldados, en gran parte), de la política (en forma de dinero para campañas), de las personas comunes que se convierten en vendedores al detalle, en camellos, en halcones, en soplones, en informantes, en asesinos a sueldo.

Peña Nieto llegó con sonrisas y, me atrevo a decir, esperanzas a la presidencia, más pronto que tarde se enteró que no tenía la altura, la madurez ni el conocimiento para “salvar a México”.

Nadie sabe con certeza las cifras, pero algunos dan por sentado de que la “industria de la droga”, ocupa un lugar importante en el PIB de México, es decir, que ya es una economía sin la cual, el país vería mermada su economía, su flujo de efectivo y el intercambio de mercancías. Vertical y horizontalmente, el narco y sus “empresas” asociadas como el secuestro, atraviesan toda la economía y la vida de la nación.

En estos días de espionaje y negaciones de espionaje, en estos días de amenazas a quien ose acusar al Gobierno, días de muerte y oscuridad, con una administración federal descarrilada casi desde el inicio pero francamente desacreditada a un año de su término; en estos días en que surge una dilatada lista de aspirantes a la Presidencia 2018 – 2024; en estos días donde se desgrana el país de ensueño del muchachito consentido de Atlacomulco; los que estamos abajo de la estructura y a merced de las corrupetelas y el crimen, nos desahogamos en el café de la tarde, en las cervezas del fin de semana, pero permanecemos impávidos ante unas elecciones, por decir lo menos, cuestionadas; por explicaciones incompletas; por negaciones absurdas; pero al fin y al cabo, impávidos, casi hieráticos.

Sin embargo, todos nos sentimos huérfanos de autoridad, faltos de justicia. Ya no hablamos de representatividad en el Congreso, en el Senado. Autoridad de policías, de ejército y marina (sí, con esas fastidiosas y lastimeras minúsculas, como disminuidas las instituciones), son el hazmereír de las personas; juzgados y jueces son sinónimo de impunidad y ministerios públicos son, en todo caso, el enemigo de quien hay que protegerse.

Estamos sin autoridad que nos ampare ni justicia que nos proteja. Y cada día crece el desamparo, ante la indolencia de la amplia y silenciosa mayoría.

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