Reflejos — A pincel, crónicas de la calle

Pompas de jabón
Burbujas

Bien miradas, las burbujas son espejos que ¿distorsionan? la realidad en que nos encontramos. En ellas se pueden ver reflejadas las caras, paisajes y momentos del instante fugaz de su paso por el aire, todas y cada una a un tiempo.

Tal vez por eso nos llaman tanto la atención y cuando somos niños, nos fascinan, porque intuimos la vastedad encerrada en una pequeña pompa de jabón.


Es domingo y en la Plaza Independencia se concentra un abanico prodigioso de personas: el vendedor de nopales serranos —diez pesos la bolsa, patrón— con su tez morena y ajada por el sol, la lluvia y el viento, su ropa que poco tiene de lustrosa y su mirada llena de cansancio, de ese cansancio de días, semanas, tal vez meses de ir y venir por entre las calles y el rechazo de muchos. Los vendedores de cupones de descuento de las pizzerías, jóvenes que no encuentran mucho para sobrevivir, después de dejar la escuela porque ¿quién sabe realmente por qué abandonan la escuela o si siguen en ella a punta de esfuerzo sobrehumano? —50 pesos y recibe casi 200 de descuento, amigo—; hay también familias disímbolas, de un lado, una joven pareja, apenas entrados los veinte, con un hijo de dos o tres años con la cara asombrada de tanto ruido y tanto color por las calles; del otro, una señora de cabello azul, pantalones ajustados y botas mineras, con un hijo tan grande como una torre, recio y de mirada triste y a la vez retadora, tomando cada uno un refresco y mirando ¿a dónde?

Vendedor de tunas
Vendedor de tunas en la Plaza Independencia. Pachuca de Soto. Hgo.

Es domingo en la Plaza Independencia, decía. Un vendedor de tunas, su esposa, hijo y suegra, aprovechan para una estancia dominical en espera de clientes.

—¿Para qué es esa foto? ¿Es del municipio? ¿Lo manda la Tellería?, pregunta en tono poco amigable.

Me deshago en explicaciones sobre mi blog, sobre mis ganas de retratar a los habitantes de la ciudad en donde habito. No cede. No quiere hablar y no quiere que le apunte con mi celular siquiera. Su esposa y su suegra me miran con reprobación, con coraje.

El niño en cambio, decide que es muy aburrido estar sólo sentado mirando a la gente pasar y se levanta. Toma vuelo y trata de alcanzar una de las pompas de jabón que se levantan airosas desde la mano del señor que vende los frascos.

De pronto y por momentos, el señor, impasible, casi hierático, se concentra en hacer tantas burbujas de jabón como lo permite su experiencia. Parece que el entusiasmo de los niños que le rodean, entusiasmados, felices, exultantes, le fuera indiferente.

Pero no, de pronto, una leve sonrisa se le escapa.

Vendedor de pompas de jabón
Vendedor en la Plaza Independencia

Es difícil ganarse la vida, dice. Entre semana la chinga de la boleada y domingos, a vender botes de burbujas. Y así se larga a contarme sobre sus peripecias con el FOHIDE, la agrupación casi fanática, que detenta el poder económico de los ambulantes del centro de la ciudad, de la madriza que ya le pararon, de su terquedad, del derecho de piso, de las amenazas. Hay que aguantar los madrazos de “El Perro”, el líder de los ambulantes, y las amenazas de los cabrones del municipio. ¿Y uno qué gana joven? ¡Dígame! Apenas unos pesos para ir pasando la vida, pero todos quieren su moche, su “impuesto”. Y yo ya no estoy para andar buscando en fábricas, ¿ve? Ya estoy viejo, ya no aguanto, pero la vieja también le chinga y entre los dos, la llevamos a medias, con la ayuda de los hijos, apretándonos el cinto. Está cabrón, ¿no?

Le doy la razón y hablamos sobre las desgracias comunes, los partidos políticos que son unos cabrones, de los líderes que lo son más, de los políticos que son todos una mierda, de este país que ya no da para tantos que somos y tan lejanos. Por eso vendo estas chingaderas, ¿sabe? Para ver al menos un día, a los niños reír, jugar, correr. Es más por gusto, pero algo saco, al menos para la cheve de la noche, ¿no?

Pero de nombres, nada. ¿para qué, mejor así, tal vez nunca lo vuelva a ver joven? De video, ni se hable, que tal que al rato vienen y nos madrean a los dos. Mire, esos de allá son gente de “El Perro” y ya nos miran feo. Mejor váyase, que yo me arreglo con ellos, pero a usted me lo van a chingar… ¿viene sólo? ¿Ve? Mejor ya váyase, vaya a retratar a alguien más y ahorre, para cuando esté viejo, no ande como yo vendiendo cualquier chingadera para vivir.

Y me voy, porque neta que sí dan miedo los achichincles de la FOHIDE. No ve vayan a reventar como pompa de jabón y ¿para qué? Yo no reflejo tan bien la realidad de esta pobre ciudad atrapada por los baches y los asaltos.

 

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