La fe no alcanza

Cuando murió mi padre, estaba enojado. ¿¡Cómo carajo podía morirse un tipo como él!? Y él era un tipo como yo (seguramente mejor), que sabía tanto y reía tan confortablemente. Veía endiosado a mi madre a pesar de los años. Se enorgullecía de sus hijos (algunos no le dimos mucho para ello).  Le gustaba Marilyn, Credence, la música afroantillana, la forma de bailar de su esposa, como cantaban sus hijos (¡carajo! que cantamos pésimo).

Ese tipo amó a sus hermanos y quiero creer que sus hermanos a él.

Hoy se nos fue uno más de ellos y con su partida, me siento aún más huérfano si se puede. No era Ángel, el tío más cercano del mundo. Al contrario, hace decenas (literal) de años que no lo veía ni escuchaba su voz. Los mismos años que no veo a sus hijos (mis primos). Pero hoy se me rompe un lazo con mi pasado y mis orígenes y ser huérfano se convierte en un asunto casi ontológico.

Tengo sobrinos a los que nunca he visto y sobrinos-nietos que no sabrán nunca de mi existencia. ¿Sentirán ellos esta orfandad un día?

Tengo por cierto que mis hijos sí, algunos de mi sobrinos y sobrinas.

A mi tío lo recuerdo riendo junto a mi padre, de la misma manera diáfana, gozosa. Espero que estén ahora así, en algún sitio, con sus hermanos y hermana y madre. Riéndose de nosotros, de estos pobres huérfanos que no saben a dónde voltear cuando la fe no les alcanza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *