Mercado de los desamores

La política en México, tiene desde hace décadas, significados que van desde lo absurdo y llegan a la ignominia, dependiendo de quienes se atreven a referirse a ella como “ente” o “camino”. Los llamados “políticos”, personas que dedican su vida a militar en un partido y conseguir puestos de elección popular o conseguir empleos en la administración pública, con la cauda de corrupción, vivales al acecho e impunidad que ha llevado consigo, casi desde tiempos inmemoriales; los políticos, decía, gozan actualmente de una popularidad rayana en la defenestración. Estos “políticos profesionales”, que deberían ser llamados con nombres como “lapas de la administración pública”, han degradado el término “política” a una sucia, por decir lo menos, equivalencia entre el quehacer partidista institucionalizado, con los asuntos de la administración pública para el bien común.

Políticos de toda laya (miembros de organizaciones partidistas-electoreras), se hacen un lavado de conciencia y de cerebro, diciendo y declarando que “no hacen política”, sino que trabajan por el bien de sus comunidades, lo que demuestra a todas luces, la falta de preparación, la ignoracia de conceptos y el descrédito interior que, para ellos también, significa la política en México.

Dedicados a la redituable acción de rapiña y saqueo (no todos, porque costales atiborrados no criban); a la adquisición temporal de empleos administrativos y operativos (aunque estos son casi siempre sindicalizados) de lo público y a veces de lo privado que se hace de los público; los “políticos” degradan con su sola mención el ambiente social, donde casi nadie (y ese casi es real) los soporta y cuando lo hacen, es por el empuje del miedo a quedarse sin trabajo o que el familiar quede fuera de una nómina que lo mismo cobija al que exige moche que al trabajador público denodado.

Diezmada la nación entre los constantes desfalcos y las sabidas corruptelas, movida la economía bajo el signo de la corrupción (que algunos empresarios de doble moral claman como mala) y el crimen que más que acabarse con los años, ha empeorado, los políticos comienza a verse como una “clase” indeseada y perjudicial para la sociedad en su conjuunto y el territorio nacional (al que han ofertado como en venta de garaje).

Y junto con la degradada imagen del “político”, la política también es sobajada a una “forma” de ganarse la vida.

En este mercado de los desamores llamado política, tienen también su cuota los periodistas corruptos que sólo necesitan algún precio para dejar de molestar al nuevo mejor amigo de cada sexenio o trienio.

En las páginas de diarios, de revistas, de sitios de internet, de videos y podcast que intentan darnos una visión más amplia y completa del acontecer estatal, nacional e internacional, la política se mezcla casi sin control con las actividades partidistas y cuando la sociedad trata de organizarse, lo mejor es llamarle movimientos de la sociedad civil organizada, que es ni sabe qué es política ni que hace política aún antes de organizarse.

El mercado de los desamores es así una burdel bufonesco, donde un presidente que se dedica casi exclusivamente a vender el país, sale de vacaciones después de las vacaciones pinoleras. Al fin y al cabo, ¡pobrecito de él! Nadie lo quiere y nadie le aplaude.

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