Enrique el mínimo

Si en el pasado del PRI, ese dinosáurico, presidencialista (¿acaso se ha ido?), el todopoderoso Presidente “emanado del partido”, decían orgullosos los priistas, tenía el dedo justiciero, el gran poder elector para decidir quién lo sucedería en la silla para dirigir los rumbos de la Nación (y el partido, claro); en los tiempos actuales, el presidente tiene que “negociar” con “las bases” y las “fuerzas vivas” que “hacen del partido, el heredero de los ideales de la revolución”.

Si en el pasado el Presidente era el todopoderoso señor de vidas y destinos, repartidor de curules, gobernaturas y puestos; hoy es un hombre común que debe “pelear” y concitar un “acuerdo”.

Si antes un presidente que consultaba, era un presidente débil; ¡qué calificativo tendríamos que utilizar con Peña Nieto!

A sus maneras y con las costumbre heredadas por los dinosaurios más viejos, el presidente negoció. Pero, ¿debería haber negociado con ellos?

Tal vez su negociación tendría que haber sido con la ciudadnía, con el pueblo, con el país y la nación que dice representar. Pero sabe (al menos sabe algo), que no tiene margen de negociación con la gente, con las personas que votarán en un año.

Porque el presidentito peña nieto, tiene un déficit enorme con el pueblo de México; con el pueblo que casi nada o nada tiene, con los que algo alcazan a pergueñar en todos los días; con los empresarios e industriales que ven esfumarse la posibilidad de hacerse con más dinero; con banqueros; con señores de los medios que han querido apuntalar a un personaje que tiene poco margen de maniobra en casi todos los ámbitos de su vida. Un Enrique Peña Nieto que pasará a la Historia, a la manera de los romanos, como Enrique el mínimo.

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