Formas del hartazgo

Que el país es una inmensa cloaca de corrupción, crimen  e impunidad, lo sabemos todos aunque los “gobernantes” de toda ralea no se quieran dar por enterados o quieran ocultarlo con palabras y discursos vanos y huecos.

México es una gran fosa común, que pagamos todos y no tenemos hasta ahora, forma de parar un fenómeno que nos lastima, nos degrada y nos empobrece a pasos agigantados.

Julio Hernández, nos da un panorama muy acertado (que no infalible), en su libro Encabronados. Pero algo se nos está yendo de las manos, ya estamos cansados y las soluciones comienzan a ser violentas y fuera de toda norma. La ley de la selva, la ley del más violento se apodera de la población.

Linchamientos por robo, por asalto, por secuestro, por violación, son ya cosa común en las calles de nuestro país, ahora el rencor social se vuelve contra nosotros mismos, contra los que prefieren romper la Ley en lugar de trabajar o cansados de buscar un trabajo que no llega o simplemente porque es lo más fácil.

Y la disyuntiva comienza a ser “el que asalta o yo”. La máxima comienza a ser el mejor muerto es el otro. Los orígenes del crimen son múltiples y complejos; no es sólo por ser malos el que algunas personas se sumen a las cadenas organizadas o no, del crimen. O tal vez no son tan complejas, pero el gobierno tampoco sabe resolverlo a pesar de sus inmensos recursos económicos, de inteligencia y de análisis. O tal vez sí saben cómo pero no les interesa parar el fenómeno.

En Pachuca, hace no mucho le dispararon a dos personas en pleno día y en una de las avenidas más transitadas para robarles la ridícula suma de 500 mil pesos; digo ridícula porque borges, duartes, karimes, salinas y demás caterva de criminales, roban muchísimo más (y claro, el monto no es importante sino la acción de robar en sí misma) y se les trata como señores de razón y como si fueran honestos.

Y entonces ante los hechos que quedan impunes, laspersonas comienzan a “hacerse justicia” a propia mano. Es decir, responden de la misma manera. La muestra es lo sucedido hace unos días en la Ciudad de México, donde una persona en un carro, es interceptada por dos asaltantes en motocicleta y en defensa (porque sabe, presiente que el muerto puede ser él o ella), dispara y mata a uno de los presuntos asltantes.

El efecto es una cascada, una ola de violencia que puede estallar en cualquier momento. Y nuestras “autoridades”, brillan por su ausencia. Porque no se trata sólo de un problema de seguridad (sería imposible cubrir cada calle, cada rincón del país); es un problema sistémico. No hay muchas opciones cuando los salarios están por los suelos; cuando la impunidad campea por las salas de justicia y los pasillos del gobierno en todos sus niveles y órdenes. El problema es profundo y no bastará con el “ejemplo” de amlo si llega a la presidencia del maís; ni con la mano dura que promenten los demás aspirantes (ya lo vimos con calderón).

El problema están en la rabia, en la pobreza y en la falta de oportunidades que nadie, desde Miguel de la Madrid y sucesores han podido ampliar.

El problema es inmenso, las formas del hartazgo muchas y cada vez más violentas. La solución somos todos.

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