Sólo los amantes sobreviven

A Gaby y Jesús, por el impulso.

La entrega no reside en el olvido, sino en la recordación brutal de cada instante (ya lo mostró Borges en “Funes el memorioso“), de cada palabra y sonido. De ahí la posibilidad de la distancia y la entrega misma; desde ahí la mira libertaria que nos mantiene atados al amor, a lo amado. Si en la entrega olvidas, serás un zombie más, una mota de polvo destinada a perderse entre historias vanas y procaces. Y tal vez, nos salvará la Música, la Literatura, la Poesía y ese amor-de-recordación que todo lo sabe, que todo lo tiene, menos la posibilidad de la muerte.

Así, sabemos que en Solo los mantes sobreviven, (2013) algo es cierto: a Jaramush la lucha entre el bieny el mal, le tiene sin cuidado.

Si en 1994, Neil Jordan lo intuyó  con el personaje de Kirsten Dunst, en su Entrevista con el vampiro, para Jarmusch queda claro que el amor —humano, vampírico… ¿acaso difieren?— es algo más que palabras, besos, babas y sexo; mucho más.

La lectura de Jaramush sobre el mito del vampiro, se aleja de los horrores de Coppola y los escarceos míticos de Gary Shore (dejando de lado la larga serie de películas vampíricas dedicadas a competir en efectos especiales y taquilla), para observar a los vampiros como esos alienados, testigos del desmoronamiento de los referentes de cohesión social; y que contemplan, desencantados, aburridos; la estupidez humana y sus pequeñas luchas por el dinero, la fama y el poder.

Porque Jaramuch comprende que los vampiros son, en todo caso y al final de cuentas, seres humanos que han vivido mucho, mucho más de lo deseable. De ahí su constantes referencias a poetas, músicos, pintores. Que por alguna Jaramush, no lleva más allá y se conforma con la superficialidad del tema.Tal vez por eso, nos da un Adam (Tom Hiddleston, decadente, sexualizado y encantador a un tiempo) antes rockero que melómano consumado. Rockero subterráneo de misteriosos éxitos como estrella musical en decadencia.

Sólo los amantes sobreviven, o la decadencia y el desencanto. Entre una Detroit devastada por el apogeo financiero de USA que destroza historias, ciudades y seres humanos, y una Tánger miserable y bella a un tiempo, Adam y Eve (una Tilda Swinton excelsa y desafiante), cual pareja primigenia en un distópico paraíso, contemplan a los mortales como una plaga zombie en la que, pese a todo, tienen que vivir, sobre-vivir; añorando a Shakepeare, Milton, Janis, Hendrix, Mozar, Tesla y un largo etcétera; que nos habla de las filias y las fobias del director y su guionista.

Y en medio de la desesperanza, el preciosismo plástico a que nos tiene acostumbrados Jaramush (Ghost Dog -1999; Dead Man -1995; Flores rotas -2005); sus diálogos cortos, precisos, puntuales, como navaja recién afilada.

Para muchos, una película lenta —acostumbrados como nos tienen, al cine trepidante de USA— y que exige una atención plena del espectador, al que se dan pocas conseciones esperando, tal vez, su participación en la culminación y construcción de cada escena, de cada personaje.

Sin final feliz sino, una vuelta de tuerca esperanzadora, como siempre en las distópicas atmósferas de Jaramush, el amor salva, a menos durante los instantes previos al desvaneciminto de las certezas.

Una certeza invade de pronto, no sólo la mierda que nos rodea.

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